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En días pasados tuve que atender a un compañero de la oficina de México. Quería llevarlo a un lugar que no olvidará jamás y mi papá me sugirió las Minas de Sal de Zipaquirá. Fue una experiencia inolvidable y no solo para mi colega, sino para mí también. Es una muestra de la tenacidad de la que estamos hechos los colombianos y un lugar digno de mostrar.
Yo conocía las Minas, pero hacía por lo menos unos 20 años que no iba, de hecho a ese viaje me llevaron mis papás. Yo recordaba el sitio con un poco de temor por la oscuridad pero ahora que estoy más ‘viejo’ creo que es un lugar que todos deberíamos conocer.
El recorrido dura unos 40 minutos, porque uno puede ir a su ritmo. Los guías explican cómo se construyó este museo de sal y rinden siempre homenaje a quienes sacrificaron sus vidas o su salud en aras de lograr extraer el preciado condimento sin el cual la comida no sabría igual.
Mi amigo mexicano estaba muy feliz, porque a pocos minutos de Bogotá, pudo apreciar un lugar tan hermoso, y como el sitio ahora está mejor preparado para los turistas compró de todo: ruanas, reliquias y hasta golosinas para llevar a su país.
Si tienen un amigo al que quieran sorprender, llévenlo a Zipaquirá, e invítenle a probar la fritanga del lugar, es realmente fresca y abundante.
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